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Primera entrega de una serie de notas anticipando las vacaciones. Por autonomía, facilidad de manejo, bajo mantenimiento y capacidad de marcha, la Honda CG 125 Titán se convierte en el vehículo ideal para realizar viajes de mediano alcance.
En este relato, les mostramos cómo puede encararse una semana de descanso conociendo los mejores lugares de nuestro país. Se acerca el tiempo estival y con un poco de decisión todo está en orden para lanzarse hacia la aventura. Fue así como Cristian y Hernán Villacreces realizaron esta escapada hasta el Noreste Argentino para visitar varios sitios de interés en la provincia de Misiones y puntos limítrofes. Más adelante, será el turno del Valle de la Luna en San Juan y la Costa Atlántica.

Luego de un par de postergaciones a la espera del mejor momento, la primera semana de agosto fue la elegida para encarar esta propuesta. Si bien la idea fundamental de la producción es demostrar cómo se pueden realizar pequeños viajes de turismo a bordo de las nuevas CG 125 de Honda en la temporada de verano, para adelantar la experiencia hubo que acomodarse a las inclemencias del tiempo en pleno invierno. De todas maneras, el frío no fue intenso pero sí molestó bastante la humedad ambiente -especialmente a la mañana-, obligándonos a salir a la ruta cerca del mediodía, esperando que el sol disipe la niebla -típica en esta época del año- y nos caliente un poco más con sus rayos. Esta situación se repitió en varias ocasiones, incluso al momento de nuestra partida desde Rosario.

Salimos a las 8:30 después de hacer algo de tiempo para que la bruma se despejara pero no hubo caso. Se fue espesando a medida que avanzábamos y no tuvimos más remedio que colocarnos los incómodos trajes de lluvia para evitar agua y frío.

Decidimos tomarnos las cosas con calma y por eso improvisamos una pequeña hoja de ruta con algunos sitios de interés para conocer. La primera “detención turística” estaba prevista en Santa Fe. Allí nos detuvimos sobre la ruta provincial Nº 1 para visitar el monumento a Carlos Monzón, ubicado cerca de Santa Rosa de Calchines. El recordatorio marca el lugar donde el gran campeón de boxeo perdiera la vida en un accidente automovilístico -lástima que el predio esta algo descuidado y así no representa su finalidad ni el respeto que merece el desaparecido deportista-.

Más adelante nos esperaba Cayastá -voz que significa punto extremo-. Esta ciudad surgió como un asentamiento indígena en 1743, transformándose luego en una colonia agraria. En el recorrido inicial pasamos por Helvecia, realizando 346 kilómetros hasta cargar nafta por primera vez y almorzar en San Javier.

A lo largo del camino observamos muchos campos dedicados a la agricultura; en especial, enormes plantaciones de caña y, al avanzar hacia Romang, apreciamos varias “estancias norteñas” dedicadas fundamentalmente a actividades ganaderas. Sus cascos, de particular arquitectura, llaman la atención por estar rodeados de parques con frondosas arboledas; mientras que la mayoría se encuentra en cercanías del río San Javier, caudal de agua que nos acompañó a nuestra derecha durante parte del trayecto.

Al cruzar Avellaneda -cerca de Reconquista- transitamos por el antiguo territorio de La Forestal y más adelante por la localidad de Las Garzas, pequeño poblado de colonos dedicados a la producción de tanino. Lejos de la ruta, se alcanzan a divisar algunos viejos ingenios de caña de azúcar.
El sol nos abandonaba en nuestro primer día de marcha, por lo que apuramos el paso para llegar a Resistencia.

La arquitectura y el trazado urbano de la capital del Chaco, hacen de esta ciudad un verdadero “museo al aire libre”. Resistencia posee muchas esculturas de artistas de renombre que decoran sus calles, avenidas, plazas y paseos.

Antes que se hiciera de noche, cruzamos el puente Gral. Manuel Belgrano y llegamos así a Corrientes luego de recorrer 722 kilómetros desde Rosario.

La segunda jornada de marcha debía dejarnos en Posadas, por lo que arrancamos -niebla de por medio- rumbo a Paso de la Patria. El panorama a nuestro lado fue variando poco a poco. Cada tanto, la ruta atraviesa esteros o bañados a la vez que el paisaje se salpica con unos hormigueros gigantes, hogares naturales de las voraces termitas. Camino a Itatí debimos cruzar una especie de nube oscura y de raro comportamiento; se trataba de un enjambre. Abejas que casi nos dejan paralizados de miedo al darnos cuenta de la situación. Afortunadamente no fue más que un susto, porque quedamos sucios pero sin picaduras.

Tal vez haya sido porque aún estábamos medio “shockeados”; lo cierto es que al llegar a Itatí observamos el humilde y pequeño santuario a un lado de la ruta Nº 12 y decidimos parar para conocerlo y rendir nuestro tributo y agradecimiento. Por no estar al tanto, nos perdimos de visitar la majestuosa Basílica dedicada a la Virgen en el centro de la ciudad y quedamos arrepentidos por ello.
En Ituzaingó conocimos los famosos Esteros del Iberá. La ciudad, posee hermosas edificaciones sobre el camino costero y es paso obligado para aquellos que se dirigen a la represa Yaciretá Apipé.

Ya en Posadas nos encontramos con un viejo amigo de la época en que competíamos a nivel zonal y, junto a su familia, decidimos hacer un “micro tour” por Encarnación. Esta localidad fronteriza en Paraguay posee un gran desarrollo comercial, a nuestro criterio, el mayor motivo para conocerla. La zona baja está plagada de puestos callejeros atendidos por paraguayos, libaneses, árabes, iraníes, coreanos y chinos. Estos pequeños “boliches” venden cualquier cosa; desde una aguja, pantalones, equipos de música hasta un tanque de guerra, todo por dos mangos y libre de impuestos.

Luego de compartir una agradable velada en casa de los Proch, al regreso de Encarnación, a la mañana siguiente partimos rumbo a Iguazú, definitivo objetivo del viaje. Ya en marcha, notamos grandes cambios en el camino. La ruta tiene una terminación perfecta, bien demarcada, con banquinas rojas por la coloración de la tierra y mucho verde. Las curvas son suaves, con leves bajadas y largas subidas. Afortunadamente, el clima nos acompañó. Pasamos primero por Santa Ana y luego por San Ignacio, donde nos detuvimos para visitar las ruinas jesuitas de San Ignacio Miní. Las construciones, fueron declaradas monumento histórico nacional y patrimonio cultural de la humanidad. Se trata del pueblo jesuítico guaraní mejor conservado, fundado en su actual ubicación en 1696 y el asentamiento de mayor tamaño de los quince que se encuentran en Argentina -también hay ocho en Paraguay y siete en Brasil-. San Ignacio Miní se caracteriza por contar con una gran complejidad urbana y debe ser visitado por su interesante arquitectura.

Precisamente en las ruinas, conocimos a dos ciclistas que están dando la vuelta al mundo y compartimos un rato intercambiando anécdotas. Seguimos viaje y pasamos por Jardín América, donde están abocados a la forestación -muy común en la región- y la producción de yerba mate, té, naranjas y mandioca. En Puerto Rico, nos desviamos unos siete kilómetros por un camino inhóspito para entrar al famoso laberinto de Montecarlo; el sendero era de tierra roja con piedras sueltas y alternaba tramos de selva con sectores cultivados con yerba mate.

Retomamos la ruta con rumbo a Garuhapé porque queríamos visitar un lugar de ensueño. Se trata de una cueva natural en forma de gruta que fue modificada por indios primitivos y donde se hallaron restos arqueológicos. Al llegar nos recibió un grupo de chicos, pero para la anécdota quedó el “acoso” de un chanchito que nos molestó hasta que -por un par de monedas- uno de sus dueños le ordenó retirarse -como si estuviera amaestrado-. También fuimos a Wanda, ya que esta ciudad trasciende por las artesanías y sus yacimientos de piedras semipreciosas en bruto.

Luego de dejar atrás Eldorado, cruzamos sobre la presa del Embalse Uruguaí. El panorama, a la derecha del viajero, es impresionante, porque más allá de la altura de la presa, el lago tiene mucha profundidad. Unos pocos kilómetros más y llegamos a Puerto Iguazú, en el extremo norte de la provincia de Misiones. Antes de hospedarnos en la ciudad, decidimos llegarnos hasta Foz de Iguazú, en territorio brasileño, cruzando el puente internacional Tancredo Neves. Nos llamó mucho la atención el traspaso de la frontera, donde simplemente debimos respetar una hilera de autos para pasar las dos aduanas sin control alguno. Recorrimos el centro y las calles de la ciudad, visitamos una típica feria y nos detuvimos a dialogar con algunos motociclistas locales; todos, admiradores y consecuentes usuarios del modelo CG para el cual no escatimaron elogios.

Volvimos a cruzar la frontera para hacer noche en Iguazú y, a la mañana siguiente, ni bien estuvo claro, salimos casi con desespero hacia las Cataratas.

El Parque Nacional donde se encuentran es el último reducto de la pluviselva subtropical argentina. Fue creado en 1935 para conservar y preservar las especies vegetales, animales, las cataratas y la exuberante selva del entorno en su máxima expresión. El espectáculo natural de las caídas es considerado como una de las siete maravillas del mundo y concentra más de 400 especies de aves, 2.000 tipos diferentes de plantas y miles de insectos, constituyéndose en uno de los ambientes más ricos del país. Las lluvias rondan los 2.000 milímetros anuales y la temperatura oscila entre 14 y 26 grados, en verano como en invierno. Tanto calor y la elevada humedad son esenciales para que florezca semejante vida vegetal. Iguazú significa “agua grande” -así llamaban los indígenas guaraníes a las cataratas- y fueron descubiertas por Alvar Nuñez Cabeza de Vaca en una expedición de 1541.

Una vez en el complejo, caminamos hacia el mirador para tener una primera impresión. A medida que nos acercábamos, el estruendo terrible, constante y ensordecedor de los saltos se hacía más fuerte. Pero al verlos, nos quedamos sin palabras y sobraron las frases de alabanza -aunque sin llegar a exteriorizarlas- para ese magnífico capricho de la naturaleza. Algo único, pacífico, salvaje y que encierra la furia del río con toda la paz de la vegetación que lo rodea.

Otro momento inolvidable fue avistar la Garganta del Diablo. Llegamos al sitio de observación por medio de una lancha, rodeando rocas, pequeños peñones y los restos del puente-pasarela que se derrumbó en la creciente de 1983. Pero el viaje por agua valió la pena, porque conduce al sector desde donde se puede apreciar uno de los mejores lugares del Parque Nacional.

El hotel de las primeras épocas es ahora una muestra donde se exponen ejemplares disecados de las principales especies animales originarias del parque y además se exhiben y comercializan artesanías indias. Como un capricho de los tiempos modernos, a pocos metros del viejo alojamiento se encuentra el Sheraton de Iguazú, una imponente edificación digna de un centro turístico internacional como son Las Cataratas.

Una vez satisfechas nuestras ganas de conocer el Parque Nacional Iguazú, partimos a media tarde, atravezando por última vez las sierras misioneras rumbo a Apóstoles. El origen de esta localidad se remonta a 1638, cuando el padre Diego de Alfaro fue trasladado desde el pueblo jesuita de Natividad, en las sierras brasileñas de Tapé. La nueva fundación, ahora del lado argentino, recibió el nombre de Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Apóstoles, como finalmente se la llamó, está situada sobre una meseta surcada por numerosos arroyos que forman los característicos saltos de la región misionera. El pueblo original -como todas las comunidades jesuíticas- decayó luego de la expulsión pero resurgió en 1897, con la llegada de inmigrantes. Por lo general provenientes de Polonia y Ucrania, los nuevos habitantes dieron un gran impulso a la producción agrícola, cultivando yerba mate, te, tabaco, mandioca y diferentes hortalizas. En la actualidad, Apóstoles es la Capital Nacional de la Yerba Mate.

A medida que avanzamos hacia el sur en nuestro regreso, el clima cálido se fue enfriando poco a poco, quedando atrás en la provincia de Corrientes. Aquellos innumerables viveros forestales, aserraderos, cultivos de té, mate y hierbas aromáticas para la fabricación de aceites esenciales se van intercalando con otros sembrados no tan característicos de la región y más generales de la agricultura argentina. También desaparecieron las plantaciones de pino y eucaliptos aunque, en medio de una topografía de bañados, esteros y llanuras, divisamos de pronto unos gigantescos cultivos de yerba mate: el famoso establecimiento “Las Marías”.

Fundado en 1924 por Víctor Navajas Centeno y su esposa, en la estancia se producen, cosechan, elaboran, industrializan, envasan y comercializan te y yerba mate. Todo el proceso se realiza bajo un estricto control de expertos, con el aporte de investigadores y un desarrollo tecnológico de última generación que se aplica en cada etapa, pero sin perder las costumbres tradicionales que caracterizan a estos productos. Algunas plantaciones se encuentran en áreas visibles desde la ruta pero que, si bien no son aptas para el cultivo, se aprovecharon con forestaciones de pinos y eucaliptos que a su vez proveen de materia prima para la fabricación de papel y resina para su propio uso industrial.

Siguiendo por la ruta nacional Nº 14 y siempre en la cercanía del río Uruguay llegamos a un sitio denominado La Cruz, notando cómo -a nuestros lados- el camino había perdido su color rojizo. La Cruz es una de las áreas ganaderas más importantes de la provincia de Corrientes y un importante polo dedicado al cultivo de arroz. Allí, entablamos conversación con tres ciclistas mexicanos que partieron desde su país camino a Ushuaia a principios de 1998 y todavía piensan demorar otros dos años en cumplir su objetivo. Recorren un promedio de 80 kilómetros diarios y subsisten con el apoyo de la gente, algún que otro sponsor y, como son artesanos, cuando pueden se instalan para vender su trabajo y recaudar unas monedas para seguir adelante.

Pese a los años de recorrer caminos, conocer viajeros y repasar anécdotas, el espíritu de la ruta no deja de sorprendernos. Como el ejemplo de los ciclistas o esa relación fraterna que surgió simplemente de compartir un tramo del viaje con un gigantesco camión Scania que venía de Brasil. Todo comenzó cuando nos superó en un sector recto y decidimos ir detrás suyo. El acompañamiento mutuo duró casi 150 kilómetros, gracias a entablar una amistad rutera con códigos de luces. El camionero sabía de nuestra presencia y prendía los giros para avisarnos donde había pozos, obstáculos o el sentido de las curvas, anticipando sus movimientos. Nos separamos en un cruce de caminos con un saludo: nosotros con una señal de fraternidad y él encendió sus veinte reflectores y nos clavó la bocina de aire en el cerebro.

Otra vez solos y con frío, seguimos por la inhóspita ruta. Como ya estaba oscureciendo, pasamos inadvertidamente por Yapeyú, cuna del Libertador General José de San Martín. Llegando a Paso de los Libres, la superficie del terreno presenta ligeras ondulaciones y hay pocas curvas en la ruta. El suelo perdió definitivamente su color, transformándose -por Villa Federal- en muy árido y con espinillos. La región se va nutriendo poco a poco de verde, con extensas plantaciones de pinos, eucaliptos y cultivos de cítricos. Si algo tiene de diferente la ruta Nº 12 es el cruce por innumerables ríos y arroyos.

Paraná es una ciudad de puertos y muelles por doquier, en la zona sur existen recursos mineros en Bajada Grande, pero también es reconocida por su avicultura. Aunque su ingreso más importante proviene del turismo, en el interior y sobre la costa del Río Paraná. Su población también cuenta con raíces inmigrantes de origen alemán, ruso y suizo. En la rivera, existen infinidad de islas, muchas de ellas vírgenes y con riqueza ictícola -muy interesante para la pesca deportiva-.

El viaje culminaba, y con él una nueva carga de vivencias que se sumará a las experiencias de compartir un viaje en moto. Cruzamos el túnel subfluvial Hernandarias, esquivamos Santa Fe por su circunvalación, atravezamos Santo Tomé y tomamos la autopista que nos depositó definitivamente en Rosario.

La primera parte de esta propuesta está cumplida. Ahora es tiempo de recordar los mejores momentos y comenzar con la planificación de los próximos viajes. (R)

Informe: Cristian Villacreces
Fotos: Hernán Villacreces y C.V.