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Segunda entrega de una serie especial de notas anticipando las vacaciones estivales. Gracias a su facilidad de manejo, capacidad de marcha, bajo mantenimiento y autonomía, la nueva Honda CG 125 Titán fue el vehículo elegido para realizar tres viajes de mediano alcance. En la entrega anterior, los hermanos Villacreces nos mostraron cómo hacer para disfrutar de una corta escapada hasta el Noreste Argentino. Ahora, Cristian y Ovidio Chávez, un viejo compañero del camino que se ofreció para reemplazar a Hernán, emprendieron un rápido paseo por la Costa Atlántica y sus principales puntos turísticos de referencia. Una vez en casa, la planificación del último objetivo no se detiene; ya que el Valle de la Luna con todo su encanto los está esperando.

Bajo un diáfano cielo azul y sol radiante partimos en una fría mañana de septiembre rumbo a nuestro segundo objetivo: la Costa Atlántica.

Una vez en la ruta, acomodamos los huesos y nos establecimos en una velocidad promedio de 110 km/h con la finalidad de arribar a San Clemente del Tuyú a media tarde.

Marchando por la autopista Rosario-Buenos Aires, nos desviamos entre San Pedro y Baradero para tomar la ruta N° 41 hacia San Antonio de Areco. En este tramo, la cinta asfáltica parece estar preparada para competencias de Enduro, ya que varios kilómetros están en pésimo estado. De allí en más, las condiciones del pavimento mejoran sustancialmente. Antes del mediodía, pasamos por localidades como Mercedes, Navarro, Lobos, San Miguel del Monte y General Belgrano, atravesando extensiones de tierra donde la vista se pierde en los llanos campos verdes y el horizonte puede contemplarse como una infinita línea recta. Al llegar a Castelli el panorama cambió. De repente aparecieron arroyos, rías y bañados poblados de aves y peces; generando un ecosistema que permite a los lugareños darse cita para la práctica de la pesca y la caza.

Por esa zona tomamos la ruta N° 2, cruzando un peaje exento para las motos pero muy caro para los autos. Al aminorar la marcha para pasar por la casilla, comenzamos a percibir el viento que anunciaba la cercanía del mar. En Dolores, declarado como primer pueblo patrio en 1817, nos desviamos a la derecha y pasamos por General Lavalle. Se trata de un lugar estratégico por su puerto natural, que fue visitado por viajeros de antaño como Juan de Garay para citar sólo uno de ellos. Desde el siglo XVIII, se supo que los nativos del lugar en su lengua lo llamaban “ajó”, que significa barro blando.

Ya en la ruta que nos llevó hasta la costa, de a poco se fue notando la presencia de arena; primero en la brisa y luego sobre las banquinas. La superficie del suelo presenta tierra mezclada con arena, así como -aunque parezca increíble- restos molidos de ostras y crustáceos, pese a que la distancia con el mar es todavía importante.

Después de las cuatro de la tarde comenzó a refrescar, justo cuando llegábamos a San Clemente del Tuyú, luego de recorrer los primeros 660 kilómetros en nueve horas. De inmediato fuimos a conocer Punta Rasa, un sitio donde se unen el Río de la Plata con el Mar Argentino y que se caracteriza por el tomo marrón de las aguas. El panorama natural es bárbaro, declarado por las autoridades nacionales como reserva faunística. Para recorrerlo, se debe transitar un camino rocoso y arenoso entre bañados, juncos y arenales. A su izquierda se observan las tranquilas aguas de la bahía; mientras que a la derecha está el mar y toda su furia. Aprovechamos la ocasión para visitar el faro de San Antonio -data de 1890-, construido con forma de trípode de hierro y una columna central de 63 metros de altura. Su alcance es de 42 millas náuticas (unos 77,8 kilómetros) y la vista que lo enmarca es fantástica, completamente rodeado de arboledas al borde del agua. También fuimos a “Tapera de López”, un embarcadero que debe su nombre a un antiguo comercio de pescado fresco, y donde actualmente se ven fondeadas muchas lanchas; especialmente en época de verano. En las tranquilas aguas del Arroyo San Clemente -al margen de su entorno salvaje y agreste- se practican todo tipo de deportes náuticos, como el Primer Campeonato de Off-Shore de la Costa Atlántica.

Pese a la distancia recorrida y el cansancio por el viaje, decidimos internamos en el sector de las dunas. Asesorados por nuestro amigo Milton Caputti, residente en San Clemente desde hace algunos años, circulamos por el mismo lugar que habitualmente es transitado por cuatriciclos, vehículos 4x4 y motos de Enduro o Cross. Claro, vale aclarar que nosotros pusimos mucha audacia y tenacidad para enfrentar las montañas de arena con nuestras Honda CG 125. Primero tanteamos la tracción en algunos tramos y después nos desquitamos de lo lindo, doblando a fondo sobre la blanda arena, aún con las angostas ruedas que tienen las Titán. Al caer la noche nos alojamos en el hotel Capri, en un ambiente bien fierrero cercano a la playa y el centro de la ciudad. El diseño de las calles de la ciudad tiene la forma de un antiguo barco; mientras que San Clemente del Tuyú fue denominado “Costa Bravía” por los navegantes de antaño; ya que este sector marítimo inspiró gran cantidad de historias y leyendas debido a la presencia de cangrejales o la cantidad de barcos hundidos en la ribera. Por eso, las viejas cartas náuticas aconsejaban navegar a no menos de cinco millas de la costa.

El segundo día de viaje lo iniciamos visitando la zona balnearia, el muelle y el vivero “Cosme Argerich”, declarado reserva ornitológica y forestal. El monte y los jardines que rodean la entrada están abiertos al público de forma gratuita; aunque estando tan cerca es inevitable visitar el complejo Mundo Marino. Este lugar tiene una superficie de 16 hectáreas y es uno de los pocos acuarios donde se exhiben orcas -las famosas mal llamadas “ballenas asesinas”. El sitio es maravilloso y merece al menos un día completo para su visita, disfrutando del entrenamiento y las habilidades adquiridas por los animales marinos.

Continuamos nuestra marcha por ruta 11, dejando atrás localidades como Santa Teresita, Mar del Tuyú, Lucila del Mar, San Bernardo y Mar de Ajó. Nos detuvimos en Punta Médanos, ámbito donde año tras año se desarrolla la clásica competencia “Enduro del Verano”. Las características del lugar hacen que sólo 4x4, cuatris y motos todoterreno puedan desenvolverse con naturalidad. Una vez más desobedecimos los consejos de Milton y volvimos a romper las reglas depositando nuestra confianza en las nobles CG 125. Nos internamos en las arenas, médanos y dunas gigantes para desafiar su altura... hasta que nos dimos cuenta que retornar era difícil. Optamos entonces por seguir unos kilómetros hasta el mar y, sin dejar de sorprendernos por la versatilidad de las Titán -casi no extrañamos a una buena CR- nos dirigimos por la línea costera hasta Pinamar.

Esta ciudad posee hermosas playas, médanos y bosques plagados de pinos, acacias y eucaliptos; además de residencias veraniegas del más alto nivel. Una práctica atrapante en esta zona durante el día es realizar excursiones a caballo, en moto o cuatriciclos aunque, si se desea más adrenalina, lo ideal es hacerlo de noche -convenientemente acompañado de un guía para evitar sorpresas.

Proseguimos la marcha pero sin regresar al pavimento, utilizando caminos naturales y alternativos. Pasamos primero por Ostende, con buenas playas, construcciones de origen belga y hospedajes más económicos que en la vecina Pinamar. Algunos kilómetros más adelante nos topamos con Valeria del Mar, caracterizada por sus pubs, confiterías y las casas agrupadas cerca del mar, semiescondidas entre los árboles y dispersándose hacia la ruta.

Un camino arenoso nos condujo a un lugar de ensueño: Cariló, una especie de paraíso en medio del gran bosque emplazado a principios del siglo sobre los médanos para dar origen a la actual forestación. Internados por sus senderos, fuimos a dar con un típico y tradicional centro comercial, muy elegante y con gran variedad de artículos. Como en casi todos los lugares de la costa, los deportes más practicados en esta zona son: golf, 4x4, motos, cuatriciclos, tenis, hipismo y pesca.
Casi sin descanso llegamos a Villa Gesell, ciudad con 15.000 habitantes, enclavada sobre las playas, con gran desarrollo comercial y turístico. Entre sus atractivos, la villa cuenta con casas de té y repostería al mejor estilo europeo; así como agencias de viajes que ofrecen detallados paseos y excursiones por los alrededores.

Luego de una rápida recorrida, volvimos a retomar la ruta 11. La jornada había avanzado más que nosotros y el frío que preanuncia la llegada de la noche comenzó a molestarnos. Nos colocamos una indumentaria más abrigada y seguimos viaje dejando atrás Mar Chiquita y Santa Clara del Mar.
Llegamos a la Ciudad Feliz antes de las seis de la tarde. Mar del Plata nos recibió con una temperatura casi invernal, por lo que aceleramos la misión de encontrar alojamiento antes que fuera demasiado tarde. Finalmente encontramos uno que cumplía nuestras necesidades a la perfección. Ubicado frente a la plaza Colón -a tres cuadras del casino y cuatro de la peatonal-, con TV, desayuno y cochera, a sólo 38 pesos la habitación doble por noche. Una vez instalados, salimos a recorrer la peatonal, observando los locales comerciales y encontrando todo tipo de recuerdos a precios accesibles. También hay para todos los gustos en cuanto a sitios para adquirir vestimentas y ropas tradicionales; así como sobradas alternativas en materia gastronómica. Al casino sólo fuimos para conocerlo, porque si nos endulzábamos con los vaivenes de la fortuna, la continuidad del viaje correría serio riesgo. De todas maneras, averiguamos que el costo de las fichas es más accesible con relación a otros años y los requerimientos para el ingreso no son tan restrictivos.
Mar del Plata recibe cerca de tres millones de visitantes anuales y compite con Buenos Aires a la hora de generar espectáculos para la diversión de los turistas. Sus playas, miden más de veinte kilómetros de largo y sólo se interrumpen en la zona del puerto y el Cabo Corrientes.

En el tercer día de miniturismo por la Costa Atlántica, iniciamos la actividad recorriendo Playa Bristol con su clásica vista al Casino y Hotel Provincial. Ambos, son edificios de la década del '30 que se mantienen como un símbolo de la ciudad. Ya en 1890 estas playas eran el centro de atracción de la alta sociedad. Hoy, 110 años después, todo cambió, recibiendo la afluencia de personas de todas las extracciones sociales. Por curiosidad nos acercamos a la antigua “Villa Ortíz Basualdo”, en la Avenida Colón. Construida en 1909 y donada a la municipalidad por los descendientes de la señora Ana Ortíz Basualdo, se trata de una edificación sencillamente hermosa. Desde 1980 es la sede del museo municipal de arte Juan Carlos Castagnino, pudiéndose apreciar obras de artistas nacionales como pinturas, dibujos, fotografías, esculturas y tapices. De sus 450 piezas, 318 pertenecen al museo y, en el primer piso, se encuentra la antigua casa familiar donde se exhibe el mobiliario original en excelente estado de conservación.

Salimos del edificio cultural y nos internamos por la avenida costanera Patricio Peralta Ramos con dirección al puerto local. Hacia la izquierda de su entrada se observan los grandes silos de cemento de principios de siglo; detrás, aparecen los buques cerealeros, frigoríficos y de transporte de pescados. El de Mar del Plata es el puerto pesquero más importante del país, en él se concentra el noventa por ciento de la producción total de Argentina; aunque también se destaca por su comercio de cereales, el astillero y los diques secos para reparación y mantenimiento de embarcaciones. En nuestra visita, recorrimos -desde el muelle- la inmensidad de los barcos pesqueros de ultramar; mientras que más adelante el camino nos condujo hacia la zona de la herradura, tradicional amarradero de las pintorescas barcazas amarillas de pesca artesanal. Cada embarcación abandona el muelle todas las mañanas, pero es un verdadero espectáculo verlas regresar por la tarde, con sus redes repletas y en medio de una nube de aves y lobos marinos. Allí también funciona el famoso mercado donde se clasifica, comercializa y distribuye en primera instancia el fruto extraído del mar.

Las piezas más abundantes -algunas de ellas las tuvimos en nuestras manos- se clasifican en corvina rubia, salmón y cazón. Este último es un tiburón de un metro de longitud que, pese a su tamaño, aún inspira temor por sus características y la afilada dentadura con varias hileras de dientes. Caminando por el playón conocimos un curioso ejemplar de lobo marino. Según nos contaron, hace tres años deambula por el puerto como si fuera una mascota. Como si supiera, posa para que le saquen fotos y, si bien su fisonomía no inspira confianza, al acercarnos con cautela pudimos tocarlo.

La reserva de lobos marinos está más adelante. Esta especie, antiguamente pobló las costas con miles de ejemplares, pero la gran mayoría fue exterminada por una furtiva cacería. Bastante cerca, del otro lado de la avenida Martínez de Hoz, se encuentra el museo del Hombre de Puerto, inaugurado en 1990. También está Aquarium con variadas especies de animales de mar y shows con espectáculos acuáticos similares al de Mundo Marino pero más pequeño. Desde ese lugar votamos por dirigimos a una de las cuatro áreas donde se encuentran los restaurantes típicos: el centro, la avenida Constitución o Playa Grande, pero optamos por el puerto, ya que a nuestro criterio su complejo gastronómico es el más alusivo, con lugares de comida rápida y playas de estacionamiento. Ya que nos quedamos por la zona, le echamos un vistazo al Parque Municipal de los Deportes “Teodoro Bronzini”, que incluye el estadio mundialista de fútbol, patinódromo, pista de atletismo, velódromo, piletas de natación y espacios para diferentes actividades físicas.

Todavía con ganas de andar y conocer - una enfermedad incurable- tomamos la ruta N° 226 pasando al pie de la Laguna de los Padres y las sierras del mismo nombre. El espejo de agua es bastante grande, con una profundidad mínima de dos metros y una máxima de cuatro; sus características cristalinas permiten observar el fondo y, en algunos lugares, quedan vestigios de sales amoniacales. Abonando un pequeño arancel se puede obtener un permiso de pesca, puesto que la laguna es propiedad fiscal. Por allí, la ruta zigzaguea con suaves pendientes y curvas en medio de un piso que se tornó rocoso al estar atravesado por el cordón montañoso de las Sierras de Tandil. Aquí, por primera vez debimos rendirnos ante las inclemencias del tiempo, ya que en este tramo comenzó a soplar un fuerte viento que nos redujo en 30 km/h la velocidad crucero. Así, totalmente apilados para ofrecer menos resistencia al aire y con el acelerador a fondo, seguimos a una media de 90 km/h hasta llegar al último punto establecido en el plan previo.

El broche de oro fue visitar Balcarce para conocer el Museo del Automóvil “Juan Manuel Fangio”. Inaugurado en 1986, su construcción de tres plantas alberga gran parte de la historia del Quíntuple Campeón del Mundo, así como la reconstrucción de un viejo taller, autos antiguos, un carruaje con motor a vapor fabricado por Mercedes Benz en 1880, modernos Fórmula Uno como los utilizados por Alain Prost y Ayrton Senna, el Torino que participó en las 84 Horas de Nürburgring, la famosa “flecha de plata” de Fangio y varias de las máquinas que utilizó el balcarceño a lo largo de su exitosa campaña. El museo es una parada obligada para todo amante de los fierros en general, pero en especial por tratarse de un ejemplo de conducta y vida deportiva que debiera ser imitada.

Al salir de Balcarce retomamos la ruta 226 y el azote de su incansable viento, giramos a la derecha en la ruta N° 29 para pasar por Ayacucho y así desembocamos en General Belgrano, siempre en la provincia de Buenos Aires. Como prácticamente no hay nada ni nadie en todo este tramo, es aconsejable ser prudentes y precavidos cuando se transita por esta zona. Si bien pudimos seguir un poco más -la luz solar todavía lo permitía- decidimos hacer un alto en Gral. Belgrano, ya que estábamos muy cansados luego de lidiar permanentemente con el fuerte viento en contra.

Desde que salimos de Rosario estuvimos atentos a cualquier pronóstico que nos anunciara lluvia; afortunadamente, recién el último día de viaje amanecimos con mal tiempo, pero no fue mayor impedimento. Nos calzamos los trajes de lluvia, improvisamos botas con bolsas de nylon para los pies, respiramos hondo y... a la ruta. La tormenta nos acompañó durante los primeros 100 kilómetros, hasta que tomamos la ruta N° 41 para recibir el castigo de un violento viento cruzado que nos dificultó el manejo al impedirnos encontrar un adecuado ritmo de marcha.

A medida que nos acercábamos a casa, el clima fue mejorando; hasta que al llegar a San Pedro el sol salió con toda su fuerza. Aprovechamos para realizar una pequeña parada y tomarnos un refrigerio en uno de los tantos puestos de productos regionales a la vera de la ruta.

Cada vez nos faltaba menos y la sensación de cansancio fue reemplazada por una profunda satisfacción. Esos últimos kilómetros se pasaron volando por las ganas de estar con los nuestros. Una de las pocas cosas que se extrañan y se necesitan a lo largo de una excursión y sólo hay que conformarse con oír sus voces en el teléfono. Aunque también se extrañan los talleres, porque viajando con las CG, no hacen falta. (R)


Informe: Cristian Villacreces
Fotos: Ovidio Chávez y C.V.